Pero no toda soledad piensa, ni todo apartarse escucha. A veces, lo que llamamos soledad es un ruido constante que impide advertir cuán lejos estamos de todo, incluso de nosotros mismos.
Por Natalia Montoya Cardona.
La soledad es una condición constitutiva de la existencia. Implica una relación consigo mismo que no depende de la presencia inmediata de otros. Podríamos decir que es un espacio de pensamiento, de escucha, de pregunta; una apertura. Pero hay otros conceptos que hemos vuelto semejantes, y que en realidad distan mucho, por ejemplo: lo solitario, el aislamiento… Y es menester pensar en cada uno de estos para comprender cómo distan entre sí. La soledad no es la ausencia de otros. Es, más bien, como lo dice Skliar, una experiencia común de lo humano. Un territorio inevitable al que todos entramos, porque allí se recoge algo esencial de la existencia: el pensamiento. Solo entonces, cuando la soledad insiste, nos toca e incomoda, la vida se vuelve más audible. En cambio, el aislamiento es una ruptura del vínculo, porque allí no hay expansión, sino encogimiento. Supone una desconexión, voluntaria o forzosa, que niega la posibilidad de que el otro sea interlocutor; por lo tanto, no se produce lenguaje ni pensamiento. En el aislamiento no nos interesa escuchar, sino defendernos; no nos interesa pensar, sino mantenernos firmes. Y a veces esa capa rocosa, fría e inquebrantable, nos priva incluso del encuentro con nosotros mismos.
«La pregunta por la soledad lo desordena todo: el mundo parece estar siempre en orden y por lo tanto inmóvil, sin brisas que atraviesan, sin nuevas cartas que parten o llegan, desierto y desalmado. Nadie pregunta porque nadie quisiera ser preguntado: el temor a una pregunta es solo comparable a la duración del destierro, a un amor en el preciso instante en que comienza a olvidarse, al horror de la necedad y del juzgamiento allí donde en su lugar debería estar la mirada abierta, sin más». En este sentido, la diferencia entre soledad y aislamiento no es menor: el aislamiento acumula silencios; la soledad, en cambio, nos detiene para mirarnos de frente. Sin embargo, cuando creemos haber domesticado la soledad, la llenamos de tareas, de productividad, de entretenimiento, de urgencias. Entonces se vuelve inofensiva. Y al no incomodarnos, al no interrogarnos, al no desordenarnos, pierde su potencia: la de permanecer y confrontarnos con lo que aún no hemos resuelto.
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¿Es la soledad una virtud o un castigo? Es la pregunta que propone Skliar, desde donde podríamos comprender, como él mismo lo dice, no qué es la soledad, sino de qué está hecha… Hay quienes creen que estar solos los vuelve mejores: más lúcidos, más fuertes, más interesantes. Confunden la distancia con la profundidad y el aislamiento con una forma de superioridad. Pero no toda soledad piensa, ni todo apartarse escucha. A veces, lo que llamamos soledad es un ruido constante que impide advertir cuán lejos estamos de todo, incluso de nosotros mismos.
Hemos aprendido a temerla. La nombramos con palabras que la desfiguran: vacío, carencia, tristeza. Así la expulsamos de su sentido. Confundimos la soledad con lo solitario, y lo solitario con enfermedad. Por eso la interrumpimos, la llenamos de ruido, la rodeamos de voces ajenas para no escuchar la propia. Sin embargo, la diferencia persiste: mientras la soledad puede ser un punto de partida, el aislamiento solo genera heridas que, aunque nos atraviesen, quedan por fuera de nuestra comprensión, y esto ocurre porque el oído escucha pero luego se oculta, o como mejor lo expresa Skliar porque lo que desea cada uno es reiterar hasta el hartazo la pregunta única de su sorda propiedad.
Entonces cabe preguntarse: ¿sirve pensar si no actuamos conforme a lo pensado? Tal vez sí, si entendemos el pensamiento como una experiencia en sí misma. Porque en un principio el pensamiento busca ser escuchado, no obedecido. Pensarnos en soledad importa si lo pensado logra desestabilizarnos, abrir fisuras en aquello que creíamos seguro.
La soledad no siempre es provechosa. A veces resulta infructuosa: hay preguntas sin respuesta y pensamientos que no conducen a la acción. Pero ¿debe el pensamiento llevar necesariamente a decidir o actuar? No siempre. A veces la soledad está hecha solo para sostener. Sin acción, sin reacción, sin producción, hay pensamientos que no buscan resolverse, sino permanecer. Así que tal vez no se trata de huir de la soledad ni de llenarla para que deje de doler, sino aprender a permanecer en ella el tiempo que sea necesario para aprender a escucharnos, porque en ese silencio, aunque incomode, no siempre hay respuestas, pero sí algo más honesto: la posibilidad de no seguir pasando de largo sobre uno mismo.
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