Cabo Verde no ganó nada, en el sentido estricto, pero tampoco perdió del todo, y de hecho, obtuvo muchas cosas. Porque hay derrotas que pesan menos que otras, y hay derrotas que, vistas con el tiempo, se parecen más a victorias que a fracasos.
Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.
No sé ustedes, pero yo llegué a apoyar a Cabo Verde por accidente.
Uno está acostumbrado a que le cuenten historias bonitas, a veces demasiado bonitas y épicas, esas donde el equipo pequeño, el David, derrota al Goliath con un gol en el último minuto y todos salen en la foto con la copa. Esas donde el capitán da un discurso épico y el equipo entero se abraza mientras suena música de fondo. Pero Cabo Verde no fue eso; Cabo Verde fue un empate contra España, otro empate contra Uruguay, otro contra Arabia, y luego, contra Argentina, perdieron en la prórroga. Pasó en el minuto 111 por un autogol. No hubo final feliz. No hubo trofeo. No hubo foto con la copa. Y sin embargo, algo en esa derrota me pareció más verdadero que todas las victorias que había visto.
Porque si uno miraba con atención, las historias de esos jugadores no eran las de los héroes de película. Eran las de cualquiera. Vozinha, el portero, tenía 40 años y había pasado por Moldavia y Chipre, por equipos donde nadie mira, donde el frío y la soledad son compañeros de viaje. Su valor en el mercado era tan bajo comparado con el de otros jugadores. Sin duda no era un prodigio, era un hombre que había llegado tarde a todo, y que quizá por eso valoraba cada atajada como si fuera la última. Cuando le preguntaron por qué lloró tanto, no habló de gloria, habló de sus abuelos, aquellos que lo criaron, los que ya no estaban. Y uno entiende entonces que el fútbol, a veces, no es más que una excusa para devolver lo que no se puede devolver.
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Roberto Lopes, el capitán, era asesor hipotecario en Irlanda. Calculaba intereses, firmaba papeles, miraba números. Recibió la llamada de Cabo Verde por LinkedIn, de esos mensajes que uno suele ignorar porque parecen spam. Pasaron nueve meses hasta que contestó. Nueve meses en los que pudo seguir con su vida, con su oficina, con su rutina. Pero cuando por fin respondió, dejó todo, se puso la camiseta y se fue a marcar a Lautaro Martínez. No porque fuera valiente. Porque algo, en algún lugar, le dijo que esa era su oportunidad y que las oportunidades, cuando llegan, no preguntan si uno está listo.
Y así eran todos. No había estrellas de la cantera. No había millonarios. Había hombres que habían trabajado en oficios normales, que habían pasado por ligas menores, que habían sido ignorados por los grandes equipos. Y sin embargo, ahí estaban, en el Mundial, frente a España, frente a Uruguay, frente a Argentina, y nadie daba un peso por ellos.
Eso es lo que me parece más hermoso y más difícil de explicar. Porque uno ve a esos jugadores y no puede evitar preguntarse qué significa realmente triunfar. Si triunfar es ganar la copa o si triunfar es simplemente estar, competir, no arrodillarse. Si triunfar es salir en la foto con el trofeo o si triunfar es mirar a los ojos al gigante y decirle: «No se trata de quién es más grande, se trata de nosotros y nuestra terquedad contra ustedes, así que no será fácil».
Cabo Verde no ganó nada, en el sentido estricto, pero tampoco perdió del todo, y de hecho, obtuvo muchas cosas. Porque hay derrotas que pesan menos que otras, y hay derrotas que, vistas con el tiempo, se parecen más a victorias que a fracasos.
Como esa vez que un amigo terminó una relación de años porque descubrió que le habían sido infiel. Pasó meses encerrado, preguntándose qué había hecho mal, revisando mensajes, buscando respuestas donde solo había silencio. Y luego, lentamente, empezó a entenderse. A darse cuenta de que el engaño no era un reflejo de su valor, sino de la falta de valor del otro. A reconstruirse desde el dolor. A aprender que el amor propio no es un concepto abstracto, sino una práctica diaria, una decisión de no volver a permitir que lo pisoteen. No ganó el amor que quería. Pero ganó algo más valioso: la certeza de que no volvería a mendigar migajas.
O como esa otra vez que una conocida fue despedida de un trabajo donde llevaba años. Donde llegaba temprano, se quedaba hasta tarde, cubría turnos que no le correspondían. Y un día, sin previo aviso, la llamaron a recursos humanos y le dijeron que ya no contaban con ella. Al principio fue un golpe. Luego, con el tiempo, entendió que ese trabajo le había quitado más de lo que le había dado. Que no la valoraban. Que su esfuerzo era invisible. Que había estado nadando contra la corriente en un río que no la quería. Y ese despido, que parecía el final, resultó ser el principio de algo nuevo. Se tomó un tiempo, reordenó su vida, encontró un lugar donde sí la miraban a los ojos. No ganó el empleo que tenía. Pero ganó el derecho a ser tratada como merecía.
Como ese estudiante que no obtuvo la calificación más alta en su tesis, que no se llevó el summa cum laude ni la foto con la banda de honor. Pero que había hecho su investigación contra viento y marea: con pocos recursos, con un director que apenas le respondía, con meses de encierro y de dudas, con noches enteras preguntándose si todo aquello tenía sentido. Al final, el jurado le puso un número que no era el más alto. Y sin embargo, él sabía lo que había costado llegar hasta ahí. Sabía que no había tomado atajos. Sabía que había aprendido más en los fracasos que en los aciertos. No ganó la distinción académica. Pero ganó la certeza de que era capaz de hacer cosas difíciles, aunque nadie las reconociera.
Cabo Verde fue eso que ahora se repite en internet: un equipo que no ganó el premio mayor, pero que ganó todo lo demás. Que perdió en el marcador, pero que ganó en la memoria de los que vieron. Que no levantó la copa, pero que levantó el orgullo de un país entero. Porque hay derrotas que saben a victoria, y hay victorias que saben a nada. Y la diferencia, pienso, no está en el resultado, sino en la forma en que se llega a él. En si se llegó con la cabeza en alto, con el corazón entero, con la certeza de haber dado todo.
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El técnico, Pedro Brito, lo dijo en la rueda de prensa: «Hemos traído gloria a nuestro país». No habló de trofeos. Habló de identidad. Habló de mostrarle al mundo quiénes eran. Y esa frase, dicha sin aspavientos, con la voz cansada pero firme, me parece más importante que cualquier discurso de campeón. Porque la gloria, a veces, no está en el marcador. Está en la mirada del rival cuando, después de ganarte, te abraza con respeto. Está en que tu país entero se detenga a verte. Está en que un niño en la isla de São Vicente se ponga una camiseta azul y sueñe con ser Vozinha, no porque quiera ser famoso, sino porque quiere ser valiente.
Vozinha se fue del Mundial con las manos vacías, sin un trofeo que levantar, sin una medalla que colgar. Pero se fue con algo que nadie le puede quitar: la certeza de que había estado allí, de que había competido, de que había llorado por sus abuelos y de que millones de personas, en todo el mundo, lo habían visto llorar y se habían sentido un poco más cerca de sus propias historias. Y eso, pienso ahora, es quizá lo más parecido a un triunfo que existe.
Porque al final, ¿qué es ganar? ¿Es el resultado? ¿Es la copa? ¿Es la foto? ¿O es, más bien, la sensación de haber dado todo, de no haberse rendido, de haberle mostrado al mundo quién eres aunque nadie te lo haya pedido? Cabo Verde no ganó el Mundial. Pero ganó algo más difícil: ganó el derecho a ser recordado. Ganó un lugar en la memoria de todos los que hemos seguido este Mundial y sentimos que por un momento los milagros son posibles.
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