Nimiedades

Cambiar el «buenos y malos» por «personas con motivos que yo no entiendo»: las mejores personas son contradicciones andantes

2026-08-09
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Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.

¿Te acuerdas de cuando éramos niños y todo era más fácil? Los buenos eran buenos, los malos eran malos. Lo que decían tus papás era la verdad absoluta, y uno sabía exactamente qué hacer y de qué lado estar.

Después creces y empiezas a darte cuenta de que no es así. Que el profe también se equivoca. Que tus papás tienen sus propias contradicciones. Que el amigo que considerabas un buen tipo hizo algo que no esperabas. Que ese «villano» de la historia quizá tenía razones que nunca entendiste.

Durante un tiempo funciona, porque resulta cómodo y te da seguridad. Sabes qué hacer, sabes qué pensar, sabes hacia dónde ir.

Pero en algún momento, ese manual se rompe. Empiezas a darte cuenta de que la persona que te enseñó cómo vivir, también tiene grietas. Que el que considerabas un ejemplo, tiene sombras. Que el que considerabas un error, tiene razones que nunca consideraste. Que lo que te dijeron que era «lo correcto» no siempre funciona. Que lo que te dijeron que era «lo incorrecto» a veces es lo que más sentido tiene.

Y entonces te enfrentas a un momento incómodo. Porque una parte de ti quiere aferrarse a ese manual heredado, a ese blanco y negro que te daba seguridad, pero otra parte ya no puede, y termina volviéndose el panorama gris, igual que uno.

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La tentación en ese punto es rendirse. Decir «todo es mentira, todos son iguales, nada vale». Es una respuesta comprensible, pero es perezosa, porque es la otra cara de la misma moneda: en lugar de tener «certezas simples», tienes «desencanto simple»; y te quedas igual de estancado.

A mí siempre me costó elegir una sola cosa. En el colegio, cuando me preguntaban «¿qué quieres ser de grande?», cambiaba de respuesta cada semana. Un mes quería ser músico. Al otro, arquitecto. Después, escritor. Y todos te miran raro, como si no tenerlo claro fuera un problema.

Hasta en los videojuegos me pasaba. Mis amigos se especializaban en un personaje, se volvían expertos, subían de nivel rápido. Yo, por otra parte, rotaba constantemente. Una partida era uno, la siguiente, otro. Me aburría usar siempre lo mismo. Quería probar cosas nuevas, aunque perdiera más, y mis amigos me decían «bro, quédate con uno, así no vas a avanzar». Y tenían razón, no avanzaba rápido, pero no me terminaba de importar.

No sé si eso tiene algo que ver con cómo vivo ahora, pero creo que sí, y me atrevería a pensar que esa es la salida al descontento adulto que constantemente confundimos con madurez: se trata de entender que la vida no viene con un manual, que nadie te va a entregar el camino ya hecho, ni tus papás, ni tus maestros, ni la psicología, ni la filosofía. Lo que te pueden dar son herramientas, experiencias, perspectivas. Pero el armado es tuyo.

Y ahí hay una decisión clave: ¿qué haces con todo eso? Porque hay quienes rechazan todo. Se vuelven contra lo que aprendieron, contra su familia, contra su entorno. Y es entendible, pero es un gesto de rebeldía que no construye nada nuevo, solo niega lo viejo.

Y hay quienes se quedan con todo. Repiten lo que les enseñaron sin cuestionarlo, y viven una vida que no es suya, sino la que otros diseñaron para ellos. En mi opinión, ambas maneras siguen siendo igual de infantiles e ingenuas que la de los niños.

La opción más difícil, y la más interesante, está en el medio; creo que ahí reside la llamada «madurez adulta». Se trata de tomar lo que te sirve de lo que te dieron, de quedarte con lo que resuena, con lo que te hace bien, con lo que te acerca a tu yo del presente, que no tiene por qué ser igual al de hace un año o al que serás dentro de uno. Y de soltar lo que no te sirve, lo que te pesa, lo que te limita.

Hay un dicho de Juan Berchmans que lo resume perfecto: «Todo lo que me gusta de otros, trataré de aplicarlo en mí. Todo lo que no me gusta de otros, trataré de corregirlo en mí».

Porque si ves a alguien que tiene una cualidad que admiras —paciencia, valentía, generosidad, claridad—, no la envidies. Obsérvala, pregúntate cómo hace, y trata de incorporarla a tu manera de ser. No para copiarlo, sino para encontrar tu versión de eso.

Y si ves a alguien que tiene un defecto que te molesta —arrogancia, deshonestidad, indiferencia, victimismo—, no lo juzgues. Míralo y pregúntate: «¿tengo algo de eso en mí?» Y si lo encuentras, trabájalo. No por él, sino por ti.

El problema es que el mundo nos empuja a definirnos. A encajarnos en una categoría y quedarnos ahí, y qué pasa cuando «lo contrario» tiene elementos que veo positivos, porque si alguien de una corriente política resulta también tener y practicar principios que en teoría creo no le corresponden, ¿igual son malos o buenos?

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¿Eres de izquierda o de derecha? ¿Eres creyente o ateo? ¿Eres de los que salen a rumbear o de los que se quedan en casa? ¿Eres de los que madrugan o de los que trasnochan? ¿Eres bohemio o estructurado? ¿Eres alternativo o mainstream? ¿Eres espiritual o racional?

Y si dices «un poco de todo», la gente se queda como: «este no sabe dónde está parado».

Y ahí está la trampa. Porque las etiquetas son cómodas para los demás, pero son jaulas para uno mismo.

Conozco a un programador, de esos que pasan horas frente al código, supermetódico y lógico. Pero también es músico. Toca guitarra, escribe canciones. Lo técnico con lo creativo. Y el man no elige. Las dos cosas le van bien.

Tengo otro amigo que es peleador, de esos que parecen que te parten en dos. Y el tipo escribe poesía. Buena poesía. Y es supersensible, se emociona con cualquier cosa. Un día está entrenando fuerte, al siguiente está escribiendo sobre la luz y el mar.

Conozco personas a las que no les gusta el campo, pero han hecho más por preservar la naturaleza que aquellos que se hartan de discursos ecologistas, así como personas irreligiosas que desarrollan más obras de caridad que los fervientes devotos, religiosos que escuchan rock y metal…

Y no son contradictorios. Son ellos. Y esto se ve en el día a día, en cosas pequeñas.

Que un día quieras salir a rumbear, tomar unas cervezas, bailar hasta tarde, sentirte vivo entre la gente. Y al otro día quieras quedarte en casa, en silencio, leyendo un libro o viendo el techo, sin que nadie te hable. Que un día te sientas superproductivo, quieras comerte el mundo, hacer mil cosas, avanzar en tus proyectos. Y al otro día no quieras hacer nada, solo existir, dejar que el tiempo pase sin exigirte nada. Que un día necesites orden, estructura, planes claros. Que quieras saber qué va a pasar y cuándo va a pasar. Y al otro día quieras improvisar, dejarte llevar, que la vida te sorprenda sin tener todo controlado.

Porque la vida no es una línea recta. Es un vaivén. Hay días de luz y días de sombra. Días de certeza y días de duda. Días de acción y días de pausa. Y todos esos días son válidos. Todos esos días son tú.

Lo que pasa es que el mundo nos presiona para que escojamos. Para que seamos una cosa y nos quedemos ahí. Para que seamos predecibles. Para que encajemos en una casilla. Para que sintamos que solo podemos tener una decisión, y esa decisión debe ser la correcta y por ende defenderla a capa y espada ya que, si nos equivocamos, habremos fracasado.

Pero la gente más interesante que he conocido es la que no encaja. La que tiene contradicciones y no las oculta. La que puede ser seria y absurda, intensa y relajada, lógica y emocional, espiritual y terrenal, tradicional y rebelde, todo en la misma conversación.

Porque las contradicciones no son fallos. Son señales de que estás vivo, de que estás pensando, de que estás creciendo. Son señales de que no te has quedado atrapado en una etiqueta.

Y así, sin darte cuenta, empiezas a construir tu propia forma de vivir. No copias a nadie. No rechazas todo. Tomas lo que te sirve de cada postura, de cada persona, de cada experiencia, y armas algo nuevo. Algo que es tuyo.

No es que un día decidas «esta es mi filosofía de vida y nunca va a cambiar». Es que vas andando, y mientras andas, vas recogiendo lo que te nutre y soltando lo que te pesa. Y tu camino se va haciendo.

Y aquí viene la parte más difícil y más madura: aceptar que los demás también pueden estar haciendo lo mismo.

Que cada persona está tomando de su entorno lo que le sirve y soltando lo que no. Que sus elecciones no tienen por qué parecer lógicas (o lo que es lo mismo, parecidas a las tuyas). Que sus criterios pueden ser distintos. Que sus razones pueden ser razones que tú no entiendes.

Y ahí no hay nada que hacer. No es tu deber enseñarles. No es tu deber convencerlos. No es tu deber corregirlos. Porque, ¿quién te dijo que tú tienes la respuesta? ¿Quién te dijo que tu camino es el verdadero?

Nadie. Y el hecho de que estés convencido de que lo es, no lo convierte en verdad universal. Solo lo convierte en TU camino. Y tú puedes vivir conforme a él. Puedes defenderlo. Puedes actuar según él. Pero no puedes exigir que los demás lo recorran.

Lo que sí puedes hacer es reconocer que el otro está en su proceso. Que sus contradicciones no son fallos, sino señales de que está vivo, de que está pensando, de que está caminando. Que no es un enemigo por pensar distinto, sino simplemente alguien que armó su mapa con otras referencias.

Y eso, en lugar de separarte, debería acercarte. Porque todos estamos en lo mismo: tratando de encontrar un sentido en medio del caos, tratando de construir una brújula cuando no hay un norte fijo.

Al final, la gente que entiende esto es la que más paz tiene: las mejores personas son contradicciones andantes.

No la que tiene todas las respuestas. No la que tiene la postura más coherente. No la que nunca duda. La que entiende que el mundo es gris, que las personas son grises, que ella misma es gris. Y que eso no es un problema. Es la naturaleza de las cosas.

La que puede escuchar a alguien que piensa distinto sin querer convertirlo. La que puede admirar una cualidad en alguien que no le cae bien. La que puede reconocer un defecto en alguien que admira. La que puede tener una conversación con alguien que no comparte sus creencias y salir de allí habiendo aprendido algo.

La que no necesita que el otro sea como ella para respetarlo. La que no necesita tener la razón para sentirse segura. La que no necesita etiquetarse para saber quién es.

Esa gente existe, y no son perfectos. Tienen sus contradicciones como todos. Pero han hecho las paces con ellos mismos. Han entendido que no hay un camino correcto, solo caminos. Y que el suyo es uno más entre muchos.

Madurar es eso: dejar de dividir el mundo en bandos. Entender que los demás no son malos por pensar distinto. Que cada persona es un universo de motivos que no siempre vamos a comprender. Y que eso no es un problema, porque no necesitamos entenderlo todo para respetarlo.

Y también es entender que nosotros mismos no somos una sola cosa. Que podemos cambiar de opinión, probar caminos, equivocarnos, llevarnos puestos los gustos, ser intensos y relajados, fuertes y sensibles, lógicos y creativos, todo al mismo tiempo.

No tienes que elegir una sola versión de ti para ser válido. No tienes que tenerlo claro desde el principio. Puedes probar, equivocarte, cambiar de rumbo. Puedes ser el que trabaja duro y también el que se toma un día para no hacer nada.

Así que no busques una verdad que lo abarque todo. No busques una postura que te defina para siempre. No busques tener la razón ni demostrar que los otros están equivocados.

Solo camina. Construye. Toma lo que te sirve de los demás y aplícalo en ti. Corrige en ti lo que no te gusta de los otros. Permítete ser contradictorio. Permítete cambiar de opinión. Permítete ser varias cosas a la vez.

Y mientras caminas y construyes, permítete ver a los demás como lo que son: personas que también están caminando y construyendo, con sus propias razones, con sus propias contradicciones, con su propio camino.

Y deja que eso te baste.

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