Por Yury Marcela Ocampo Buitrago.
Esta columna está dedicada a Ana Paola —quien ha dedicado gran parte de su vida a salvaguardar las semillas— y a todas las personas que custodian y protegen las semillas criollas y nativas del país.
Muchas veces se ha creído que llegó el fin del mundo. A mí me han tocado por lo menos tres: el de junio 6 de 1996, el del 31 de diciembre de 1999 y el del 21 de diciembre de 2012. Ante cada una de esas fechas hubo reacciones sociales de pánico y precaución como bautizos en masa, compras compulsivas de víveres, fiestas de despedida, etc.
Pero el fin del mundo no es solo una idea conspirativa que, sin responsabilizarnos, nos hace entrar en pánico cada tanto. También es una preocupación sensata que desde la ciencia se ha abordado como posible consecuencia de las prácticas humanas, o mejor, como consecuencia de las malas prácticas humanas.
Desde 1947 existe un reloj que alude simbólicamente al fin del mundo y marca qué tan cerca estamos de la destrucción total, la cual ha sido señalada como la medianoche. Fue creado por un grupo de académicos de la Universidad de Chicago, entre los que se dice estaban Einstein y Oppenheimer. Inicialmente, marcó las 23 horas y 43 minutos, mostrando los riesgos de la amenaza nuclear en el contexto de la Guerra Fría tras la Segunda Guerra Mundial. Pero, con los años, también empezó a señalar los riesgos del cambio climático, las tecnologías disruptivas y la bioseguridad, lo que ha llevado a que el reloj esté cada vez más cerca del momento final o medianoche.
Este año, el grupo de científicos que maneja el Reloj del Juicio Final, conocidos como la Junta de Ciencia y Seguridad de los Científicos Atómicos (SASB) y a la que siempre han pertenecido varios premios Nobel, determinó que faltan 85 segundos para la medianoche. El reloj está más cerca del final que nunca, marcando las 23 horas, 58 minutos y 35 segundos por los nuevos riesgos nucleares, el uso de la IA y los efectos exacerbados del cambio climático.
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Este grupo de personas no es el único que le sigue la pista a un posible final. Existen varias iniciativas de bancos de semillas que buscan preservar la diversidad de especies vegetales ante un posible fin. Estas incluyen pequeñas redes de campesinos e indígenas que preservan, reproducen e intercambian semillas nativas y criollas en el día a día, las mismas que posibilitan la alimentación del mundo. También hay grandes proyectos, como el Banco Mundial de Semillas de Svalbard, que conservan muestras de la biodiversidad genética vegetal del planeta en volúmenes significativos y con condiciones muy especiales de almacenamiento.
Este banco, más conocido como la Bóveda del Fin del Mundo, fue hecho para salvaguardar la diversidad de cultivos del planeta ante catástrofes naturales o humanas. Almacena una de las mayores riquezas de la humanidad, fundamental para la vida humana y social: las semillas. Actualmente, guarda 642 millones, de las cuales el 69 % son cereales (arroz, maíz, sorgo, mijo, trigo, etc.), 9 % legumbres (garbanzos, frijoles, lentejas, etc.) y el 22 % restante son semillas de frutas, verduras, hierbas y otras plantas.
En esta bóveda se han recibido y almacenado semillas de todos los continentes y se ha velado por que no sean genéticamente modificadas o GMO. El motivo para esto consiste en que este tipo de semillas se rige por patentes privadas y no por acceso libre, lo que entraría en contradicción con que el Banco guarde un patrimonio humano común, y, además, requieren una infraestructura especial con la que no cuenta este banco.
En Colombia también tenemos «bóvedas» en las que campesinos, campesinas, indígenas y líderes sociales preservan semillas en fincas, escuelas, casas culturales, etc. Gracias a las luchas y perseverancia de estas comunidades y colectivos, la Corte Constitucional declaró mediante la sentencia T-247 de 2023 la protección de las semillas criollas y nativas por su importancia para la diversidad biocultural, la soberanía alimentaria y los derechos de las comunidades indígenas y campesinas. A lo que habría que agregar que dicha protección no es solo fundamental para estas comunidades, sino para la alimentación de cualquier colombiano o colombiana.
Recientemente, se ha viralizado en redes sociales un nuevo fin del mundo. Por una parte, se ha asociado a las condiciones geopolíticas que vivimos a nivel global y, por otra, a un estudio científico de los años 60 que decretó que en noviembre de este año se acabaría el planeta. Ante este nuevo final ha habido recomendaciones de empacar maletas de emergencia y aprovisionarse de comida y agua suficiente para unos meses. Pero, siendo realistas, ante una supuesta catástrofe global, tener un abastecimiento temporal no sería suficiente.
Si entendiéramos que ese fin del mundo, del que nos advierte el Reloj del Juicio Final y del que nos busca proteger el Banco Mundial de Semillas de Svalbard, consiste en un destino que depende de nosotros; si fuéramos más precavidos y no nos dejáramos llevar por el pánico, tal vez, además de esas provisiones, guardaríamos semillas. Y, más allá de que se acerque la medianoche en el reloj o de que ocurra una catástrofe global, permanentemente las cuidaríamos, así como a quienes las protegen.
Hace poco, el ministro de Agricultura Indalecio Dangond Baquero se refirió despectivamente como «semillas de costal» a las variedades de arroz que alimentan al país. En una misma frase aseveró que son ineficientes, pero al mismo tiempo admitió que más del 70 % del área cultivable del país está sembrada con ellas. Esto resulta completamente paradójico y contradictorio, ya que el arroz es uno de los alimentos más consumidos por los colombianos y más del 80 % es de producción nacional.
A las semillas certificadas nos las venden como el motor indispensable del crecimiento agropecuario. Sin embargo, estas no son las que alimentan al país ni al mundo; están pensadas para el negocio y no para el fogón de los hogares. Pese a su tecnificación, tampoco aseguran una mayor productividad, pues la agricultura de laboratorio es altamente vulnerable a los cambios del clima. Por eso, es indispensable seguir protegiendo la diversidad y la adaptación de las semillas criollas y nativas que, aunque no prometan rendimientos extraordinarios, son las que han garantizado la comida en la mesa durante milenios.
Así que, distanciándonos de las declaraciones contradictorias del ministro y ante un panorama global como el actual en el que los peligros de la guerra, el cambio climático y las tecnologías disruptivas no son ajenos a nuestros días, las semillas criollas y nativas, las de costal, son el verdadero reservorio para la vida y las sociedades humanas, para la vida del ahora y la de «después» del fin. Por eso: ¡¡¡que vivan las semillas de costal y quienes las preservan, reproducen y cuidan!!!
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El fin del mundo y las semillas de costal
«Si fuéramos más precavidos y no nos dejáramos llevar por el pánico, tal vez, además de esas provisiones, guardaríamos semillas. Y, más allá de que se acerque la medianoche en el reloj o de que ocurra una catástrofe global, permanentemente las cuidaríamos, así como a quienes las protegen».
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Glifosato, comida y coca para cocaína
«A principios de los 2000, estudios científicos comprobaron lo que desde años atrás estaban denunciando comunidades campesinas e indígenas: el glifosato afectaba al ambiente y a la salud. Por eso fue declarado como probablemente cancerígeno».
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Tamales con política
«Qué tipo de sociedad tenemos para que el voto se convierta en mercancía y, más significativo aún, en una mercancía intercambiable por comida […] Así puesto, el problema no parece solo de corrupción, sino también de la desigualdad social y el hambre sobre la que se constituye».
