La propia vida depende más de la capacidad para admitir lo incierto y el mundo por venir que de aquello que tenemos determinado y queremos dominar sin aún haber llegado.
Por Juan Ramírez.
En diciembre del año pasado leí El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas. Obra monumental que se publicó entre 1844 y 1846 por entregas periódicas (folletín) en el periódico Journal des Débats. Allí se cuenta la vida y las aventuras de Edmond Dantès, quien, tras ser encarcelado injustamente y luego fugarse, adopta el nombre de El Conde de Montecristo, atravesando una transformación fundamental en su vida y en la forma como se relacionaba con los demás.
Reducir el libro a ese único tema sería quedarse en la superficie. Aunque este sea su eje temático; más bien podría decirse que lo esencial radica en cómo Dumas describe la metamorfosis del alma humana y muestra que, al final, se termina por admitir que el fundamento de la existencia reside en la paciencia. En la obra, somos partícipes de los sentimientos y de la actitud que el protagonista va tomando en cada momento, y cómo cada uno de estos estados funciona como un escalón que conduce a su conclusión final.
Más allá de cualquier aspiración, de su aporte histórico, literario, filosófico y humanista, quiero centrarme en la parte final del libro y cómo —creo yo— en ella se resume lo que podría ser la esencia de la existencia: «confiar y esperar». Frase que no debe verse como ingenuidad, sino como el agotamiento de todas las certezas: «Vivid y sed felices, hijos queridos de mi corazón, y no olvidéis nunca que, hasta el día en que Dios se digne revelar al hombre el futuro, toda la sabiduría humana se hallará en estas dos palabras: ¡Confiar y esperar!».
Leer más: Detenerse
¿Qué hacer cuando no hay nada por hacer? ¿Qué actitud tomar cuando se es padre y el comportamiento del hijo nos reta y nos pone en situaciones en las cuales nos sentimos superados? ¿No es acaso esta máxima la misma que se puede aplicar en situaciones de duelo o ante las incertidumbres frente a las cuestiones de la vida que no tienen respuesta?
En una sociedad donde desconfiar y desesperar es el común denominador, la antítesis que debe oponerse a esto es, precisamente, lo contrario. Ser consciente de ello permite llevar una vida no solo distinta, sino también una ética enmarcada en la fuerza y en la resignificación constante de la experiencia: no es lo que nosotros queremos, sino lo que la vida nos propone. O, más precisamente —parafraseando a Viktor Frankl—, la pregunta no es cuál es el sentido de la vida, sino cuál es el sentido que la vida nos está pidiendo en un momento determinado.
Hay dimensiones de la vida que no se pueden forzar. Esto ya lo habían expuesto los estoicos —corriente filosófica hoy tan en boga como tergiversada— y Dumas lo encarna narrativamente a través de su novela. Puede haber quien juzgue esta actitud como resignada o sumisa; sin embargo, ocurre lo contrario: esta es quizás la única forma valiente de enfrentarse al mundo. Esperar no significa abandonarse al azar, sino comprender con lucidez qué depende de nosotros y qué no.
Confiar, por su parte, tampoco es un acto ciego. Es una decisión que se toma después de haber atravesado la duda, el dolor y la incertidumbre. Es reconocer que, incluso cuando la voluntad ha hecho todo lo posible, hay un resto de realidad que no nos pertenece. Allí, en ese límite, aparece una forma distinta de fortaleza: no la del que domina, sino la del que sabe sostenerse sin garantías.
En este caso, la frase más que una enseñanza es una pregunta. ¿Qué hacemos con aquello que no podemos resolver? Podríamos pensar en cualquier acontecimiento y aplicarle esta máxima. Basta mirar el mundo desde la ventana por un momento para cuestionarnos de nuevo: ¿no es acaso la angustia social un efecto de la incapacidad para aguardar un mejor porvenir?
Quien ignora esto —consciente o no— desconoce que el mundo va más allá de nuestros deseos, y que solo puede darse de forma entera cuando aceptamos que la propia vida depende más de la capacidad para admitir lo incierto y el mundo por venir que de aquello que tenemos determinado y queremos dominar sin aún haber llegado.
Ingresa al canal de WhatsApp de MiOriente https://whatsapp.com/channel/0029Va4l2zo3LdQdBDabHR05
-
Confiar y esperar
«La propia vida depende más de la capacidad para admitir lo incierto y el mundo por venir que de aquello que tenemos determinado y queremos dominar sin aún haber llegado».
-
Quedar bien
«Se aprende a convivir con lo evidente sin nombrarlo, a reconocerlo sin asumirlo, a integrarlo sin cuestionarlo».
-
Aporte voluntario
«En el mundo cultural el artista suele hablar de dinero con la voz baja, casi como si pronunciara una palabra incómoda. Un temor extraño que se ha normalizado y ha hecho dudar a los artistas del valor de sus actividades».

