(EFE). La imagen de la pequeña Omaira sepultada por el lodo y condenada a morir en Armero tras la erupción del Nevado del Ruiz hace 40 años se quedó grabada en el subconsciente colectivo de toda una generación y sobre todo en la memoria de dos periodistas que cubrieron la tragedia.
La historia de Omaira traspasó fronteras gracias a la cámara del reportero de Televisión Española (TVE) Evaristo Canete, que estuvo varias horas grabando a la niña y hablando con ella, y al periodista de EFE Emilio Crespo, que la vio morir.
Los dos profesionales, ahora jubilados y con amplia experiencia en la cobertura de conflictos en varios países, recuerdan en conversación con EFE los potentes ojos de Omaira y la “fuerza” que demostró con apenas 13 años.
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La tragedia de Armero, que dejó unos 25 000 muertos, “fue uno de esos eventos que se quedan marcados en el imaginario colectivo, como pudo pasar por ejemplo con (los atentados) del 11S (Estados Unidos) o el 11M (España)”, explica a EFE Beatriz González, psicóloga y directora de Somos Psicología y Formación.
Desde un punto de vista psicológico, el impacto de las imágenes de Omaira “se puede entender como una forma de trauma vicario o trauma mediático”.

“Los espectadores que lo vimos realmente no vivimos la tragedia directamente, pero experimentamos emociones intensas (como angustia, impotencia, tristeza o culpa) al presenciarla a través de los medios”, argumenta González.
En este caso, “ver a una niña atrapada, consciente de su destino y sin poder ser rescatada, al mismo tiempo que todos éramos conscientes de que no había remedio, nos generó una profunda respuesta emocional y una sensación de vulnerabilidad colectiva”, agrega la psicóloga.
Este tipo de imágenes tiene “una capacidad de impacto emocional que va más allá del momento concreto en que se producen”, resume.
Ese impacto lo tiene todavía muy presente Crespo, quien era entonces director de EFE en Caracas; viajó a Bogotá para apoyar la cobertura del desastre de Armero y pudo llegar al lugar en un helicóptero del diario El Tiempo que llevaba también una bomba de succión para tratar de sacar del lodo a Omaira y otros muchos heridos.
Describe “un escenario dantesco que te ponía a prueba”, sin comida, con gente “deambulando como si hubiera caído una bomba”, un olor tremendo, casi “un descenso a los infiernos”.

Con 28 años, Crespo había sido padre recientemente y admite que ver morir a Omaira fue “el día más duro” de su carrera; esa misma tarde regresó a Bogotá y escribió la crónica de todo lo que había visto y vivido.
“La historia fue dura”, rememora por su parte Canete, que llegó de noche a las proximidades de Armero, donde estaban “recogiendo cadáveres y metiéndolos en morgues improvisadas”, y pudo ponerse a trabajar porque llevaba una luz autónoma y los lugareños le iban guiando de un sitio a otro.
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Al día siguiente llegó al epicentro del desastre y encontró a Omaira, que estuvo haciéndole preguntas mientras la grababa.
“La fuerza la tenía ella, porque cómo hablaba, cómo razonaba con 13 años, todo lo que decía (…) no creía que se iba a morir”, dice Canete.
El material que recopiló, “el vídeo con casetera” por un lado y el sonido aparte, como se hacía entonces, lo mandó después en un vuelo Bogotá-Madrid de Iberia —“le dije lo que era al capitán”— y cuando TVE emitió el reportaje unos días después en el mítico programa “Informe semanal” Omaira ya había muerto.
“Fue una de las primeras veces que la televisión mostraba el dolor humano de forma tan cruda, sostenida y cercana, lo que abrió una nueva forma de exposición mediática del sufrimiento y también de conciencia global”, sostiene González.
Además, “la conmoción compartida ayudó a cimentar una memoria colectiva difícil de borrar”, agrega la psicóloga.
Por otro lado, anota que la cobertura del desastre de Armero, y en concreto de la historia de Omaira, “genera una reflexión más profunda sobre la exposición del sufrimiento en los medios y la ética de la mirada”.
Crespo afirma que aquella cobertura le hizo “reflexionar mucho sobre el periodismo” y se sintió “profesionalmente validado”, porque cree que en circunstancias límite como esa es importante que el periodista sea testigo y cuente lo que está pasando de manera objetiva.
“Lo que yo hice fue grabar, que era lo mío”, dice Canete. “Cualquiera ahora mismo, tú con el teléfono, aunque no seas periodista, si ves lo que yo vi lo grabas, por la fuerza que tenía la niña y lo que decía”, concluye.
Por Miriam Burgués
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