Por Luisa F. Giraldo
Esta es una de esas historias que te devuelven la fe en la humanidad. Un habitante de calle emprendió un viaje desde Medellín para cumplir con un objetivo: devolver la billetera que se encontró en un basurero cerca de la estación de Exposiciones del Metro.
La versión corta es: Juan Carlos Varón se encontró en un basurero una billetera, esta estaba al lado de “medio perro muerto” —según relata—, él tomó la billetera, la abrió y se encontró múltiples documentos y tarjetas, él buscó un teléfono o algún rastro de la dueña (se apreciaba que era una billetera de mujer), efectivamente encontró un teléfono, se contactó con ella, ella le dijo que vivía en Rionegro y él sin pensarlo dos veces dijo que con gusto viajaría para entregársela personalmente, que él había trabajado en un banco y sabía que era un dolor de cabeza sacar la documentación.


Hasta ese momento, la afortunada mujer no sabía que se trataba de una persona que vivía en la calle. Solo se dio cuenta cuando del mismo número le devolvieron la llamada, puesto que era un minutero; en ese momento le dijeron que “el señor que tiene su billetera, nosotros lo escuchamos hablar con usted, no tienen muy buena presentación, es un indigente”. Incluso, esta misma persona que devolvió la llamada intentó quitarle la billetera y lo golpeó, según Juan Carlos Varón, el ángel de esta historia, le contó a la mujer con quien horas más tarde tendría el encuentro para devolverle lo que le pertenecía.
El hombre le pidió un minuto al conductor de la miniván, que lo transportó desde Medellín hasta Rionegro, para llamar a la mujer y decirle que ya iba en camino. El conductor sin titubear y sin reparar en su apariencia, le dio el minuto y lo llevó hasta su destino; este fue un ángel más que se sumó en el camino.
Finalmente, el hombre cumplió con su misión: en la terminal de Rionegro se encontró con la mujer, le devolvió su billetera con todos los documentos, ella le agradeció desde el alma, lo llamó por su nombre, lo miró a sus profundos ojos azules, le dio un abrazo, un beso y una recompensa económica que él guardó tímidamente sin reparar el monto.
Después de eso, él solo quería una cosa: comer. Fue hasta el D1 más cercano y se compró una bolsa de panes. “Son exquisitos”, me dijo. Luego, en un bus, se fue de nuevo para Medellín, en el último asiento, como para no molestar a nadie o para que nadie molestará su sueño.
Juan Carlos Varón me contó que lleva ya varias décadas en la calle. La adicción a las drogas fue el detonante que abrió el camino para que hoy su vida y sus días pasen en las calles de Medellín. “Estoy cansado, me siento muy cansado”, dice, “pero ¿quién va a querer a un drogadicto?”, lamenta, mientras recuerda que tuvo una familia y una esposa con quien alguna vez vivió en Rionegro y La Ceja, si su memoria no le falla.
Él nació en Cali, cuenta que gerenció Bancolombia en Medellín, estudió dos carreras afines a la economía e hizo una maestría, y que lo último que recuerda es que su hija estaba estudiando en Buenaventura y de la que fue su esposa ya nada sabe. ¿Y qué te pasó, pues?, le dije, a lo que respondió: “La irresponsabilidad”.

Esta es una de esas historias que te devuelven la fe en la humanidad. Juan Carlos Varón, un habitante de calle, demostró un gesto de integridad y empatía que pocos esperarían.
A pesar de sus propias dificultades y de la dura realidad de vivir en la calle, Varón emprendió un viaje desde Medellín hasta Rionegro con un solo propósito: devolver una billetera que encontró en un basurero.
A lo largo del camino, su determinación y sentido del deber lo llevaron a superar obstáculos, desde enfrentarse a la desconfianza de otros hasta ser golpeado por intentar hacer lo correcto.
Su historia no solo revela su propia nobleza, sino también la bondad de extraños, como el conductor que le prestó su teléfono y lo transportó sin dudar. Al final, la satisfacción de devolver la billetera y recibir el agradecimiento sincero de su dueña fueron su recompensa.
La vida de Varón, marcada por la caída desde un puesto alto en la banca hasta la lucha diaria en las calles, es un testimonio de redención y humanidad. Su cansancio y su lucha interna reflejan las consecuencias de sus decisiones pasadas, pero su acto de devolver la billetera muestra que la bondad puede prevalecer incluso en las circunstancias más difíciles.
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