“En el presente Colombia es una nación miope, se le dificulta observar, se le nubla la vista para entender el dolor del otro”.
Por Jeison López.
El llamarnos colombianos en ocasiones parece ser un eufemismo; en vez de ese gentilicio, podríamos denominarnos “caínes y abeles”. Los habitantes del país de Caín y Abel, Colombia, hemos heredado un pasado contaminado de violencia, traición y división. Desde el discurso en las aulas de clase, el folklore popular, pareciera transmitirse que toda nuestra tragedia inició en la conquista durante el siglo XVI. Es un pensamiento romántico y victimizante, las poblaciones indígenas que habitaron el territorio antes de la llegada de los españoles tenían prácticas violentas, algunas de ellas eran antropófagas; comían carne humana con finalidades rituales. Varias comunidades indígenas se unieron con los españoles para someter a otras tribus enemigas; sí, también participaron en la conquista, de lo contrario difícilmente la Corona se hubiera establecido en el poder. Lo anterior no deslegitima la barbarie cometida por los españoles, va más allá de la leyenda rosa o negra de la conquista.
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Con el paso de los años, el país de Caín y Abel, siendo fiel a su historia, ha caído en la desdicha de celebrar las muertes y tragedias que les ocurren a las personas que piensan distinto. Parecemos gallinazos al acecho, nos atrae el olor a mortecina de la desgracia. Casi dos siglos atrás Simón Bolívar pronunció esta frase tras enterarse del asesinato del mariscal Sucre: “Se ha derramado, Dios excelso, la sangre del inocente Abel”. Bolívar, sin percatarse, también era un Caín. En el presente Colombia es una nación miope, se le dificulta observar, se le nubla la vista para entender el dolor del otro. Se acostumbró a la indiferencia, cuando se alza la palabra, en vez de apagar el incendio, termina consumiendo lo que hay alrededor.
El silencio se ha convertido en el grito más fuerte, no es una figura literaria que enuncia dos términos semánticamente contrarios, un oxímoron. Es una expresión que denota un espíritu lánguido pero inquebrantable. Quizás el país de Caín y Abel lo entendió: a veces la ausencia de palabras es más trascendental que cualquier pieza de oratoria. Un ejemplo claro fue la primera “Marcha del Silencio”, que ocurrió el 7 de febrero de 1948, como mecanismo de protesta pacífica e instrumento para denunciar las desapariciones, asesinatos, hostigamientos y persecuciones que estaban padeciendo los gaitanistas. El que lideró la jornada del silencio fue Jorge Eliécer Gaitán, quien más tarde sería asesinado en un fatídico 9 de abril de 1948. Su hija Gloria Gaitán Jaramillo en una reciente entrevista comunicó: “lo que sucedió no fue un bogotazo, fue un colombianazo”.
El país de Caín y Abel es una sociedad profundamente enferma, carece de memoria histórica, pareciera vivir en un estado de letargo que se ve apenas interrumpido por las manifestaciones de violencia. La sensibilidad y la empatía tienen un efecto efímero, basta con sentir el olor a mortecina que produce el odio y el resentimiento para atacarnos como aves carroñeras. El llamarnos colombianos no debería ser un eufemismo, más bien un gentilicio que traduzca el “sencillo arte de ser hermanos”.
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